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Según la Sociedad Española de Reumatología (SER) la Fibromialgia (FM) o Síndrome de Fibromialgia (SFM) es una enfermedad crónica que ocasiona a quien la padece dolor en múltiples localizaciones del cuerpo y un cansancio generalizado. Reconocida por la OMS en 1992 como una enfermedad reumática crónica compleja que cursa con dolor y múltiples síntomas; la define como tal, recogiendo el SFM en un listado de enfermedades. La FM está tipificada en el Manual de Tipificación Internacional de Enfermedades (ICD-10) con el código M79.0 dentro del grupo de Reumatismos no especificados. Los síntomas en la FM son los siguientes: dolor crónico “errático” generalizado, sin signos inflamatorios (100%); cansancio (81,40%); empeoramiento con el frío (79,30%); rigidez matutina (77%); trastornos del sueño (74,60%); parestesias (62,80%); cefaleas fronto-occipitales (52,80%); ansiedad (47,8%); dismenorrea (40,6%); síntomas del síndrome seco (35,8%); antecedentes de depresión (31,5%); colon irritable (29,6%); urgencia miccional (26,3%) y Fenómeno de Raynaud (16,7%).

 

La fibromialgia constituye un problema sanitario por su elevada prevalencia, la importante afectación de la calidad de vida de los pacientes, los numerosos especialistas implicados en su diagnóstico y tratamiento, las limitaciones en el conocimiento de su etiología, la inexistencia de un tratamiento estándar y la multitud de tratamientos propuestos con o sin eficacia. La FM es un problema frecuente en la práctica clínica; su prevalencia difiere según la población estudiada y oscila entre el 0,7 y el 20%. En España, se sitúa entre el 2,1 y el 5,7% de la población general adulta y ocupa el 10-20% de las consultas reumatológicas y el 5-8% de las de atención primaria, con lo que es la causa más frecuente de dolor osteomuscular generalizado y crónico (Alegre et al., 2010). En general, los hallazgos sobre la historia natural de la fibromialgia indican que, una vez la enfermedad se establece, los pacientes continúan sintomáticos y no mejoran durante largos períodos de tiempo. Además, la alteración funcional empeora lentamente. En este sentido, la FM se concibe actualmente como un problema de salud de primer orden. Se parte de una concepción biopsicosocial de la FM (fisiológico, social y psicológico).

 

De la revisión de la literatura científica y de los resultados obtenidos en una muestra formada por 73 pacientes diagnosticados de FM en el servicio de Reumatología del Hospital Universitario de Guadalajara, se observa una alta incidencia de trastornos psicopatológicos, así como síntomas ansiosodepresivos y alteraciones psicológicas, por lo que es importante la inclusión de tratamientos psicológico y psiquiátrico en los pacientes con FM. El tratamiento psicológico iría dirigido a controlar los aspectos emocionales (ansiedad y depresión, principalmente), cognitivos (la percepción de la propia eficacia, la creencia sobre la capacidad personal para sobreponerse o manejar los síntomas de la FM), conductuales (actividades ordinarias que se ven reducidas o eliminadas como consecuencia de la FM) y sociales (impacto de la enfermedad en la esfera sociofamiliar del paciente). Estos factores tienen un papel desencadenante y/o agravante de los síntomas del SFM (García V. de F et al., 2006)

 

La atención psicológica de la FM engloba muchos aspectos, emociones, afectos, conflictos, cogniciones, modos de afrontamiento, relaciones interpersonales, habilidades de comunicación y capacidades para resolver las dificultades y mecanismos de adaptación del sujeto. Se considera que lo verdaderamente importante en la FM son los síntomas psicosociales centrales del paciente. Para entender la FM y los síntomas relacionados y aplicar un tratamiento adecuado es necesario partir de un punto de vista biopsicosocial y no biomédico. La mayoría de las investigaciones señalan que los pacientes con FM tienen significativamente más problemas psicológicos que los grupos de control sanos y los pacientes con trastorno de dolor crónico con enfermedades estructurales reumatoides. Las cogniciones de estos pacientes han sido identificadas repetidamente como importantes factores de riesgo. Las distorsiones cognitivas sobre sí mismo y sobre su situación personal aparecen relacionadas con el dolor y la discapacidad asociada a problemas crónicos. Asimismo, el significado de la situación, la forma como el paciente construye y atribuye significado a cuanto acontece, también afectan a la conducta del paciente y a la forma en que presentan sus síntomas a los demás. Se ha encontrado una correlación significativa entre cogniciones negativas e intensidad del dolor en la vida diaria. El estilo de afrontamiento también parece predecir la cronicidad, así como las percepciones catastrofistas sobre la naturaleza del problema o el temor a futuros problemas o lesiones. Los esquemas cognitivos y afectivos pueden activar los estados de dolor crónico, aun cuando los factores físicos ya no estén presentes (García V. de F. et al., 2006).

 

 

 

Referencia bibliográfica

 

Alegre, M., García, J., Tomás, M., Gómez, J. M., Blanco, E., Gobbo, M., . . . Gómez, A. (2010). Documento de Consenso interdisciplinar para el tratamiento de la fibromialgia. Actas Esp Psiquiatr, 38(2), 108-120.

 

 

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